“Chile limita al norte con el Perú / y con el Cabo de Hornos limita al sur”. Así empieza una de las canciones más crudas de Violeta Parra sobre la injusticia sempiterna de la patria. “Se eleva en el oriente la cordillera / y en el oeste luce la costanera”, sigue, posicionando a Chile en el mapa con la precisión de un himno escolar y la amargura de un epitafio. Lo que Violeta describe no es solo geografía: es un destino. Chile es una isla que no se atreve a llamarse isla. Está pegada al continente pero separada de él por barreras que ningún vecino latinoamericano tiene: el desierto más árido del mundo al norte, la cordillera más larga al este, el océano al oeste, y al sur el fin del mundo, ese Cabo de Hornos que suena a sentencia.
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