No me ha dado tiempo a despedirme de ella. Y ahora sé que no puede tener tiempo suficiente para escribirle la nota de recuerdo que merece. Porque Sol Gallego-Díaz era enorme. Era, probablemente, una de las personas más grandes que he tenido el lujo de tratar en mi vida. Nos conocimos cuando ambas teníamos apenas 20 años, en las postrimerías del franquismo, mientras ella trabajaba en la agencia Pyresa y nuestra común amiga Malén Aznárez (también muerta: otro agujero de dolor) y yo colaborábamos en el Arriba, dos pisos más abajo en el mismo edificio. Por entonces sí que existía el tiempo, dilatado, turbulento, promisorio. Recuerdo a Sol con el pelo recogido en dos larguísimas trenzas de guerrera comanche. ¡Y esa cabeza deslumbrante! Habíamos nacido en el mismo año, pero ella siempre fue más inteligente, más madura, más sabia, más serena, no sólo que yo, sino que todo el mundo que yo conociera. Abría la boca Sol, incluso siendo tan joven, incluso con la informal liviandad de sus trenzas y su suave voz, y todos callaban y escuchaban. Una proeza increíble en aquellos tiempos en los que no se prestaba la menor atención a las mujeres.
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