
Siete corzos muertos y abrasados. Algunos, despeñados al intentar escapar del fuego, tiñen de rojo el asfalto donde aterriza la ceniza. Otros, abotargados en mitad del monte sobre el suelo quemado, con los ojos muy abiertos en su huida desesperada del incendio. Los árboles no pudieron ni intentarlo: los gigantes carbonizados, varios vencidos sobre la carretera, aún humean y contribuyen a la ingente nube gris que cubre el sur de Ávila desde que el miércoles se iniciara el horror en Burgohondo. Las llamas se han recreado con el valle de Iruelas, de alto valor ecológico, ante la impotencia de los vecinos, furiosos ante la falta de medios, y bomberos desbordados: “Era una columna de humo negro como si quemaran neumáticos”. Era, simplemente, la naturaleza siendo destruida.


hace 4 horas
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