Los relatos chinos siempre tienen algo de épico. Están llenos de aventuras, lealtades inquebrantables y personajes (en su mayoría masculinos) que cargan en los hombros con el destino de toda una nación. Por ejemplo, en El romance de los tres reinos, un clásico del poeta medieval Luo Guanzhong (1330-1400), tres hombres, hastiados de la corrupción del Imperio, se reúnen en un huerto de melocotones y juran rescatar al pueblo sin miedo a perder la vida. “Aunque no nacimos el mismo día, quieran el Cielo y la Tierra que muramos juntos”, dice uno de ellos. Esa tarde matan a un buey y festejan. Es quizás por eso que la historia de Chen Jinghe no podía ser menos que extraordinaria. Se cuenta que hace cuatro décadas, cuando estaba recién graduado como geólogo de la Universidad de Fuzhou, un funcionario de Pekín se acercó a él con una orden simple, pero monumental: “Ve a la montaña y encuentra oro”.