Cuando todo el mundo opina sobre todo, la dificultad no es encontrar respuestas, sino decidir cuáles ignorar.
Por Juan Andrés Valencia Arbeláez.
Yo a veces me siento aturdido con relación a las decisiones de vida que me han llevado a donde estoy y las que debo de seguir asumiendo en un futuro, y no se trata de la clásica crisis de identidad o momento de reflexión vital que todos tenemos en algún momento, es más una cuestión de sentir que cualquier rumbo es contradictorio a la felicidad; y es que esa sensación de estar desorientados hoy no es casualidad. Vivimos en una época en la que recibimos consejos contradictorios todo el tiempo: sobre el amor, el dinero, el trabajo, la salud, la vida «correcta». Cada uno parece tener la fórmula definitiva, pero todas se anulan entre sí, llevando a una especie de ruido permanente de que no se está haciendo lo correcto o suficiente, que termina inevitablemente agotando.
Las redes sociales amplifican este fenómeno. Cada día aparecen expertos, influencers, gurús financieros, coaches de vida, nutricionistas, viajeros digitales… todos ofreciendo su propio manual de vida. Y aunque muchas veces sus consejos tienen algo de verdad, el problema es que no son universales. Lo que funciona para una persona en cierto contexto no necesariamente sirve para todos. Sin embargo, el discurso digital tiende a presentarlo como si fuera una regla absoluta.
Desde muy jóvenes nos dicen que debemos construir un proyecto de vida. Encuentra pareja, piensa en el futuro, crea estabilidad. Pero apenas uno empieza a creer en esa idea, aparece otra voz que dice exactamente lo contrario: no te comprometas tan rápido, disfruta la soltería, concéntrate en ti mismo; luego llega otra recomendación: no salgas con cualquiera, resérvate para la persona adecuada; pero recuerda conocer a muchas personas para identificar y elegir a la correcta. El resultado es que cualquier decisión parece equivocada. Si te comprometes, dicen que te estás perdiendo experiencias; si no lo haces, que estás evitando construir algo serio.
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Lo mismo ocurre con el dinero y el futuro. Por un lado, escuchamos constantemente que debemos comprar casa lo antes posible, asegurar una hipoteca, invertir en bienes raíces y pensar en la estabilidad financiera. Pero apenas alguien intenta hacerlo, surge otra narrativa: cuidado con la especulación inmobiliaria, no te amarres a un lugar, sé libre. Entonces aparece otra corriente que afirma que lo verdaderamente valioso es viajar por el mundo, trabajar de forma remota, vivir en una furgoneta, recorrer playas y subir fotos desde un acantilado mientras tomas café frente al mar o en alguna plaza de un pueblo diferente cada día.
Pero al mismo tiempo nos recuerdan que la familia es lo más importante, que debemos aprovechar a nuestros padres mientras están vivos, construir comunidad con nuestros amigos de toda la vida y echar raíces, pero no seas cerrado, no mantengas tu círculo social limitado a tres amigos de confianza porque te cierras a nuevas perspectivas. Así que el mismo sistema que te empuja a convertirte en nómada digital también te reprocha si no te quedas cerca de tu gente.
Las contradicciones también aparecen en algo tan cotidiano como el dinero. Durante años se repite el consejo clásico: ahorra para el futuro. Sé responsable, piensa en la vejez, invierte con disciplina. Pero luego llegan los analistas económicos y dicen que el dinero pierde valor con la inflación, que ahorrar no sirve, que lo inteligente es gastar en experiencias porque la vida es corta. Entonces surge el famoso «solo se vive una vez», que convierte cualquier gasto en una especie de inversión emocional, que se ve contrarrestado por el «la vida es larga y tiene muchos años» que promueve el ser consciente con los gastos para no pasar dificultades económicas.
En cuestión de salud el panorama es igual de confuso, un ejemplo es cómo algunos alimentos eran considerados lo más saludable y beneficioso, como desayunar huevos, pero luego aparece el tema de que es malo por el colesterol, que mejor es comer fruta, o mejor no, porque contienen transgénicos. Lo mismo pasa con las dietas: un día la solución es la dieta carnívora porque reduce la inflamación; al siguiente, la dieta vegana porque es mejor para el planeta y para el cuerpo.
Incluso el ejercicio se convierte en un debate filosófico. Nos dicen que debemos ir al gimnasio para mantenernos saludables, pero inmediatamente alguien recuerda que nuestros antepasados no pisaban un gimnasio y estaban en mejor forma física porque caminaban, trabajaban la tierra y vivían de manera más natural. Situación similar se presenta a la hora de tomar sol para obtener vitamina D y mejorar el estado de ánimo. Pero luego escuchamos advertencias sobre el riesgo de cáncer de piel y la necesidad de usar protector solar. Sin embargo, después aparece otra discusión que afirma que los protectores solares tienen químicos peligrosos.
Por eso no sorprende que muchas personas sientan que ya no saben qué pensar. No es falta de criterio; es exceso de estímulos. Cuando todo el mundo opina sobre todo, la dificultad no es encontrar respuestas, sino decidir cuáles ignorar.
Quizás el verdadero reto de esta época no sea encontrar la vida perfecta, sino aprender a filtrar el ruido. Construir un criterio propio implica aceptar que no existe una fórmula universal: habrá personas felices viajando por el mundo y otras construyendo una vida tranquila en su ciudad. Habrá quienes encuentren sentido en la familia y quienes lo encuentren en proyectos personales, porque ninguna de esas elecciones es intrínsecamente superior a otra.










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