Qué tipo de sociedad tenemos para que el voto se convierta en mercancía y, más significativo aún, en una mercancía intercambiable por comida […] Así puesto, el problema no parece solo de corrupción, sino también de la desigualdad social y el hambre sobre la que se constituye.
Por Yury Marcela Ocampo Buitrago.
Si hay un plato que pudiéramos llamar nacional, sería, en primer lugar, el sancocho y luego el tamal. Pero, si pensamos en un plato americano, común en Centro y Suramérica, sería, sin duda alguna, el tamal, también llamado, según el país, hallaca, humita o pastel.
El tamal es una preparación precolombina con evidencias de que se consume desde hace al menos 3000 años. Su base es la masa de maíz y se combina con otros ingredientes que han cambiado según las épocas y las regiones; su rasgo característico es que se envuelve y cocina en una hoja de bijao, achira, plátano o del mismo maíz.
Es un plato que suele estar presente en festividades, reuniones y reuniones familiares, sociales y comunitarias. Es una comida de domingos o días especiales. Su venta ha levantado familias completas, equipos de fútbol y otros deportes, escuelas, iglesias y hasta partidos políticos.
El tamal tolimense, el más conocido en Colombia, tiene su propio día en el marco de las fiestas de San Juan, el 24 de junio: se estimó que en ese día se vendieron más de 170 000 tamales.
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Pero ese festejo no es el único motivo que dispara las ventas de tamales en el país. Las épocas electorales también generan un aumento importante en la venta de estos manjares; según dicen algunos medios de comunicación, se ha estimado que llegan a triplicarse o cuadruplicarse.
La preparación de tamales requiere una cantidad significativa de trabajo y tiempo, por lo que su preparación no suele reducirse a uno o dos tamales, sino que suelen producirse en cantidades abundantes para que el esfuerzo valga la pena. En el contexto de las épocas precolombinas, se ha interpretado que, por este gran trabajo, los tamales eran una comida propia de las élites o de personal de altas jerarquías.
Siglos después, el tamal sigue ligado al poder, pero de otra manera: es un plato ideal para las campañas políticas que, por lo general, suelen convocar y reunir a muchas personas. Incluye su propio recipiente o «plato», se puede distribuir de manera individual y, sin mayores aditamentos, se presta con facilidad para la logística de estos eventos.
Además, abusando un poco del símil, podríamos decir que la mezcla de ingredientes de tan diversas procedencias se parece en algo a la diversidad de personas que se agrupan en torno a la democracia; que un tamal con poca carne es como el político que promete mucho y cumple poco; que unas elecciones sin tamal son como la masa sin la carne y bla, bla, bla.
Y es que el tamal es tan importante para la política colombiana, especialmente en época de elecciones, que se ha vuelto símbolo de una práctica que ya también parece tradición: la compra de votos. Y aunque no solo se compran votos con tamales, sino también con lechona, dinero, tejas, ladrillos, puestos de trabajo y favores, el tamal se ha vuelto la expresión por excelencia de esta práctica.
Pero, más allá del sofisticado mecanismo que nuestros ilustres políticos han desarrollado para comprar sus votos mediante tamales, quisiera hacer hincapié en algo: qué tipo de sociedad tenemos para que el voto se convierta en mercancía y, más significativo aún, en una mercancía intercambiable por comida, por una tan noble, tradicional y deliciosa como el tamal.
Así puesto, el problema no parece solo de corrupción, sino también de la desigualdad social y el hambre sobre la que se constituye. Y es que, para que una democracia sea tal, se requiere de una igualdad social que permita la participación política en más o menos las mismas condiciones. Pero, ya vemos, tenemos una sociedad en la que unos ofrecen tamales por poder y otros lo reciben a cambio del poder de su voto.
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Tamales con política
«Qué tipo de sociedad tenemos para que el voto se convierta en mercancía y, más significativo aún, en una mercancía intercambiable por comida […] Así puesto, el problema no parece solo de corrupción, sino también de la desigualdad social y el hambre sobre la que se constituye».
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