Se aprende a convivir con lo evidente sin nombrarlo, a reconocerlo sin asumirlo, a integrarlo sin cuestionarlo.
Por Juan Ramírez.
Quedar bien ante la gente, nunca quedar mal. Una máxima que podría ser el eslogan de la sociedad contemporánea, en la que, más allá de la verdad, lo que importa es hacer parecer que todo es perfecto, y donde cualquier sombra de aspecto negativo no es más que una idea irreal que no tiene espacio.
Tanto hemos caído en esta actitud de pose, que incluso cuando sabemos que el otro está mintiendo, preferimos callar para evitar que este se incomode. Le hacemos creer que no sabemos que lo que dice no es verdad y caemos en el juego.
Ejemplos de esto abundan a diario. En el cuento clásico de Hans Christian Andersen, «El traje nuevo del emperador», se cuenta la historia de un emperador —valga la redundancia— tan vanidoso, que estaba dispuesto a pagar lo que fuera por ropa nueva. Dos ladrones se aprovecharon de esto y decidieron proponerle algo que sabían no iba a ser rechazado. Le ofrecieron un traje cuya tela solo podría ser vista por las personas honestas e inteligentes. El emperador accedió de inmediato y se sintió satisfecho, pues así le sería fácil detectar si había alguien en su reino que lo engañaba.
Al poco tiempo envió a uno de sus ministros para revisar cómo iba el diseño del traje y, como era de esperarse, este no vio nada. Ante esta situación, el ministro no reconoció su ceguera y, por el contrario, afirmó que estaba hermoso. Lo mismo ocurrió cuando otras personas fueron a verlo, al igual que cuando llegó el turno del emperador. Solo fue hasta el día del desfile cuando un niño, al ver al emperador sin ropa, gritó a viva voz: «el rey está desnudo».
Nadie había reconocido esa verdad incómoda; por el contrario, todos contribuyeron a sostener una «verdad» ficticia en la que cabían todas las mentiras.
Ese es, quizás, el punto crucial en el que nos diferenciamos los adultos de los niños: ellos dicen lo que ven y lo que sienten, independientemente de si es bien visto o no. Nosotros, por el contrario, nos esforzamos por agradar a los demás sin importar qué historias tengamos que inventar.
Algo parecido sucede en el cuento de Gabriel García Márquez titulado «Algo muy grave va a suceder en este pueblo». Allí, una madre despierta con el presentimiento de que algo malo ocurrirá, idea que se esparce como un rumor imparable. Los habitantes, dominados por el pánico colectivo, terminan abandonando y quemando sus casas, cumpliendo así la profecía por su propia histeria.
Si bien el desenlace es muy distinto, los dos cuentos muestran una falencia visible en los seres humanos: la incapacidad de tener criterio propio. Ambos tienen el temor como base: en el primero se desconfía de sí mismo; en el segundo, se actúa por superstición.
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La base de esto es la falta de juicio, una carencia que nos deja desnudos ante el otro y que nos obliga a vestirnos con apariencias para encajar en una conversación de la cual no hacemos parte.
En este escenario, la verdad pierde peso, no porque haya desaparecido, sino porque deja de ser relevante. Lo que importa no es lo que es, sino lo que se logra sostener sin fractura en el entramado social. La mentira, cuando es compartida, adquiere una estabilidad que la vuelve casi indiscutible. Bien conocido es el dicho de Joseph Goebbels, jefe de la propaganda nazi: «una mentira mil veces dicha se convierte en una gran verdad».
Quien denuncia esto no se percibe como alguien que nombra lo evidente, sino como quien interrumpe. Algo se rompe, no en la realidad, sino en el acuerdo que la mantenía intacta. Por un instante, lo que estaba sostenido por todos queda expuesto sin soporte alguno.
De ahí que se justifiquen años de corrupción en distintos sistemas con tal de evitar conversaciones incómodas. Hacemos como si nada hubiera ocurrido, ignoramos las fallas y evadimos mentiras que deberían ser señaladas. El problema aquí no gira en torno a qué es la verdad; lo grave del asunto, en este caso, es que, aun sabiéndola, la ignoramos.
Una ignorancia que no es ingenua ni accidental. Se trata de una forma de complicidad que se instala con naturalidad en la vida cotidiana. Se aprende a convivir con lo evidente sin nombrarlo, a reconocerlo sin asumirlo, a integrarlo sin cuestionarlo. Lo que en otro momento habría generado ruptura, hoy se incorpora como parte del paisaje, inmersión que de forma silenciosa y paulatina ha instalado en la sociedad lo que puede decirse y lo que conviene callar. Las conversaciones públicas se ajustan a este límite, y todo aquello que lo sobrepasa queda relegado al margen o reducido al murmullo.
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Quedar bien
«Se aprende a convivir con lo evidente sin nombrarlo, a reconocerlo sin asumirlo, a integrarlo sin cuestionarlo».
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Aporte voluntario
«En el mundo cultural el artista suele hablar de dinero con la voz baja, casi como si pronunciara una palabra incómoda. Un temor extraño que se ha normalizado y ha hecho dudar a los artistas del valor de sus actividades».









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