Por los 10 de El Licenciado

hace 9 horas 4

Una librería […] permanece viva gracias a quienes la habitan […] Gracias a quienes preguntan, recomiendan, hojean sin prisa, vuelven meses después para contar cómo terminó aquella novela o llegan con un niño de la mano para enseñarle que entre los estantes también se aprende a mirar el mundo.

Por Cristian Aristizábal.

Al cierre de una jornada laboral, con la puerta entreabierta, las luces medio apagadas y el silencio del vacío que se empieza a adueñar de un espacio cuando la gente va de salida, un hombre, agobiado por el trajín del día, decide sacar a su hijo del viaje embriagador que le proporcionaban las páginas de un libro con la frase: «¡Vámonos!» Como el silencio comenzaba a tomar relevancia, la palabra resonó y reclamó protagonismo, a lo que el niño, fervoroso con su deseo de seguir de letra en letra, optó por negar la invitación u orden que su papá le hacía. Hasta ese momento, la escena podría caer en el sinfín de situaciones en las que los mandatos de los mayores son exterminados por pataletas y caprichos de los menores, pero aquí había dos grandes diferencias: la serenidad del niño para dar la negativa y el protagonismo que tenía el libro en sus manos. Y la historia podría terminar ahí, pero lo que resultó digno de presenciar fue la contrarrespuesta —también muy serena— del padre: «Vámonos, que los libros no se van a acabar…»

Tal vez fue una frase inocente. Tal vez tenía un sentido figurado. O a lo mejor fue lanzada para que no se sometiera a interpretaciones y fuera digerida en su literalidad. En fin, no sabemos cuál fue la intención real, pero lo que sí es digno de resaltar es el eco que dejó retumbando en el vacío que se iba formando en una noche más de la librería El Licenciado. Una noche más en que la librería cerraba sus puertas con la ilusión de abrirlas de nuevo al día siguiente para recibir nuevos lectores. Una noche más en que los anaqueles se quedaban resguardando libros y efluvios de los transeúntes que pasaron por ahí a lo largo del día. Una noche más para la historia, para seguir contando minutos, horas y días en el almanaque.

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Este año, la librería El Licenciado, ubicada en «el corazón de Llanogrande» (Rionegro, Antioquia), cumple diez años. Una década que ha sido posible gracias a la idea de que los libros no se han acabado y no se van a acabar. Diez años que han permitido recopilar historia de lectores, charlas de visitantes, mensajes de amigos, risas de familiares, firmas de escritores y cafés, muchos cafés que han servido como compañía de las páginas que han rondado entre cajas, repisas, manos y ojos lectores. Diez años que, más allá de números en el calendario, se miden en discusiones interminables, páginas subrayadas, dedicatorias escritas con afecto, lecturas inconclusas, lágrimas discretas, carcajadas inesperadas, pero sobre todo, en el brillo inconfundible que nace en los ojos de quien acaba de encontrar el libro que llevaba buscando años sin saberlo. Ahí abunda la magia que generan las librerías y el placer de celebrar la década de una.

Pues bien, celebrar estos años también es recordar los desafíos, porque así como hay quienes creen que los libros no se van a acabar, hay otros que generalizan el actuar de unos bajo sentencias irrevocables diciendo: «Ahora ya nadie lee». Y no es así. La existencia de las librerías da cuenta de ello, pues ellas son las promotoras de la resolución de investigaciones y búsqueda de placeres fuera de la inmediatez de las pantallas. Ellas son la puerta al diálogo con la historia en el que el ejercicio físico, al pasar las hojas, y el mental, al imaginar lo que transmiten las letras, son uno solo. Es en la librería donde todas las conversaciones tienen relación entre sí. Donde todas las voces son escuchadas. Donde todas las palabras están reposando para ser descubiertas.

Aquella escena del padre y su hijo sigue siendo la mejor imagen para entender estos diez años de El Licenciado. El padre tenía razón: probablemente los libros no se acaben. Pero eso depende de la creencia constante y el empuje avasallador de proyectos culturales que se atrevan a confiar en todo lo que encierra un libro. No se acabarán mientras existan manos dispuestas a escribirlos, lectores dispuestos a abrirlos y librerías dispuestas a ponerlos en el camino.

El Licenciado celebra este cumpleaños cumpliendo una labor fenomenal: provocando encuentros que de otro modo no existirían. Y eso es lo que trasciende en la celebración. Porque una librería no permanece únicamente por la disposición de los libros que tenga. Permanece viva gracias a quienes la habitan, aunque sea por unos minutos. Gracias a quienes preguntan, recomiendan, hojean sin prisa, vuelven meses después para contar cómo terminó aquella novela o llegan con un niño de la mano para enseñarle que entre los estantes también se aprende a mirar el mundo.

Quizá dentro de otros diez años alguien vuelva a escuchar una frase semejante mientras las luces empiezan a apagarse y la puerta queda entreabierta al final de la jornada. Tal vez otro niño no quiera irse todavía. Ojalá entonces alguien pueda repetir, con la misma serenidad y con más razones que nunca: «Vámonos, que los libros no se van a acabar». Y que esa frase siga siendo verdad gracias a lugares como El Licenciado, un hogar que merece ser llevado en la piel.

¡Feliz cumpleaños!

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