En ese silencio que trae consigo la noche, las creaciones de Óscar se erigen como un medio para rendirle homenaje a la naturaleza, rescatando el espíritu y la esencia de cada árbol y cada planta en una suerte de metamorfosis que prolonga su vida y su belleza.
Por Andrea García.
Para la mayoría de nosotros, un árbol caído en la orilla de la carretera es un trozo de madera esperando ser abrasado por el fuego o abrazado por la tierra, pero para Óscar Arbeláez Ramírez, es una oportunidad de inmortalizar y enaltecer esos seres que nos han acompañado desde el inicio de nuestra existencia. «¿Por qué no os acordáis de que el árbol está unido a nuestra historia íntima, a los recuerdos más gratos de nuestra infancia? Bajo él juegan los niños (…); se entretienen y forjan sueños los amantes; sonríen y cuentan viejas historias los ancianos» (Uribe, 2004, p. 405).
Óscar nació en una casa esquinera que fue una colchonería por muchos años en Rionegro y que era llamada La casa de las López. De ahí, junto con su familia, se pasaron a vivir «al barrio El Campín, que no se llamaba así propiamente, sino que recibió ese nombre porque por ese sector hubo un grill que se llamaba Grill el Campín en los años 70 y era como un bailadero donde ponían música de la época».
Desde pequeño su vida estuvo conjugada con el arte, no por herencia familiar, sino por una vocación innata. Siendo apenas un niño se sumergía por horas en la maleabilidad de la plastilina, la arcilla, los colores y los dibujos. De hecho, en la escuela donde estudió la primaria, los profesores recurrían a él para que, con sus trazos precisos, diera vida a los conquistadores en la clase de historia o a los animales en la clase de biología.
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Dicha destreza admirada por sus maestros siguió siendo cultivada desde la iniciativa propia, la curiosidad, la imaginación y la experimentación: «En mi casa había una terraza y yo conseguía barro en los alrededores, hacía muchas figuritas y las ponía a secar al sol (…), luego empecé a tallar cosas pequeñas de madera, alguna vez en un asta de una bandera hice todos los personajes de la independencia (…), luego empecé a hacer búhos y algunos rostros de cristos; para ese entonces tallaba con navaja porque todo era empírico y no tenía conocimiento de las gubias, hasta que un amigo que laboraba en una zapatería me regaló unas con las que él repujaba el material en su trabajo».
Para el año 1986, Óscar ingresó al Instituto de Bellas Artes en Medellín. Allí exploró la cerámica artística, el dibujo y las figuras duales. Sin embargo, el verdadero giro hacia lo orgánico llegaría décadas después, en medio del confinamiento por el COVID-19 en el 2020: «Todo empezó por un mango que me comí, porque la fruta quedó al final con una pelusa que simulaba como el cabello, entonces se me ocurrió intervenirlo, le puse ojos, con un cardamomo le puse la nariz, le hice bigotes y dejé esa cabecita guardada, entonces cuando empezó el confinamiento quise terminarla aprovechando que tenía un montón de cachivaches. Mi primer trabajo se llama El rey, tenía esa cabecita, lo senté en un trono y le anexé otros detalles».
Óscar Arbeláez Ramírez y el arte del ensamblaje vegetal.Desde ahí nació su interés por los árboles y las plantas, recolectando el material seco que estos botan: hojas, semillas, cortezas, cáscaras, flores, frutos y raíces, surgiendo en él una idea de una técnica que nombró ensamblaje vegetal. «Saliendo por acá, lo que más me motivó fue el árbol de yarumo, porque todos los árboles tienen su anatomía, entonces ese botaba unas figuritas como de cuatro palitos y ahí empecé a ver que eso podía ser una mano y el yarumo tiene unas hojitas cafés que parecen tela, entonces tienen movimiento y empecé a arropar mis trabajos con esa tela».
Todo su universo artístico ha nacido en las jornadas nocturnas en su taller, en donde sus manos danzantes van dando forma a sus ideas a través de un fruto que se vuelve cabeza, una hoja que se convierte en vestido o una raíz que se fusiona en el torso de una criatura legendaria. En ese silencio que trae consigo la noche, las creaciones de Óscar se erigen como un medio para rendirle homenaje a la naturaleza, rescatando el espíritu y la esencia de cada árbol y cada planta en una suerte de metamorfosis que prolonga su vida y su belleza.
De esta manera, Óscar ha creado alrededor de 80 piezas que transitan entre lo mitológico y lo religioso, donde sobresalen personajes como la Madre Selva y el Cara de lata. Gran parte de su obra habita en el café El Leñador (barrio Balcones 2, Rionegro); un refugio que él mismo ha transformado en un encuentro entre el arte, la palabra, la nostalgia de los objetos antiguos y el aroma de un buen café.
Referencias bibliográficas
Uribe, J. (2004). Cuadros de la naturaleza. Instituto Tecnológico Metropolitano.
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Óscar y el arte del ensamblaje vegetal
«En ese silencio que trae consigo la noche, las creaciones de Óscar se erigen como un medio para rendirle homenaje a la naturaleza, rescatando el espíritu y la esencia de cada árbol y cada planta en una suerte de metamorfosis que prolonga su vida y su belleza».
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