
No es La Habana de los sesenta, sino el Nueva York de hoy, pero el pianoman ha sentido, alguna vez, que son lo mismo. Despierta al mediodía en su apartamento de un piso 25 en Manhattan, con una vista de edificios maquetados en el horizonte, donde todo lo humano parece extinguirse de momento. El pianista siempre quiso vivir en Nueva York y aquí está. Ayer se fue a dormir tarde, adaptado a ser un animal de la noche. “Toda mi vida trabajé en el cabaret”, dice. “La madrugada me ha ofrecido siempre inspiración”. Se prepara un café cubano, desayuna, ve la televisión o realiza algunas compras, se va al gimnasio, pasa tiempo nadando, aunque, admite, “no es buen nadador”. Hace algún que otro ejercicio físico, cosa que no implique mucho peso, ni afecte su digitación, el uso que le da a los dedos para sacar música del piano Yamaha que está cerca de la ventana, como si los rascacielos, las luces y las azoteas neoyorquinas fuesen su gran público, testigos de la balada eterna de Meme Solís.



hace 7 horas
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