Por Luisa F. Giraldo.
Madre, mamá, mamita, mamá: como quiera que se le llame, esta palabra llegó tarde a mí. Nunca nombrada, nunca dicha, vetada para mí, porque era una «MALA MADRE». No entendía qué era esto de la maternidad, veía en los otros cómo madre era amor, era refugio, era ternura. ¿Cómo era esto? No lo entendía. La experiencia materna me era ajena. Todo esto hasta que se llega al encuentro con la madre y entonces se reconoce en sus ojos su humanidad y madre es una vivencia, madre es una mujer, madre no es una «SANTA». La maternidad es sobre todo una experiencia humana. Entonces entendí que la maternidad no me fue una experiencia ajena o arrebatada, tuve maternidad, fue mía, fue única, fue la maternidad de una mujer joven, humana, que me tomó en sus brazos a sus 16 años y que me regaló todo y lo único que necesitaba: llegar a la vida a través de ella. Esa soy yo, yo soy ella, somos mi abuela, nuestra experiencia femenina y de la maternidad.
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La innombrable: madre
«Entonces se reconoce en sus ojos su humanidad y madre es una vivencia, madre es una mujer, madre no es una “SANTA”. La maternidad es sobre todo una experiencia humana».
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Nutantes
«Son dos, juntas, en la breve eternidad del tallo, / meciéndose en un pacto de rosa y sombra, / como manos que guardan un secreto. / ¿Es la piel la raíz?»










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