Juan Esteban: las motos como pasión y deporte

hace 5 horas 5

Por Andrea García.

Cada camino que emprendemos en la vida está habitado por experiencias y personas que determinan, casi sin advertirlo, nuestra existencia. Son nuestras elecciones, tanto como nuestras renuncias, las que trazan el rumbo de lo que somos y seremos.

Esta historia le pertenece a Juan Esteban Aldana Toro, quien nació en Frontino, Antioquia, en el seno de una familia humilde y trabajadora conformada por su padre, Gilberto Antonio Aldana —dedicado durante años a la minería—, y su madre, Luz Amparo Toro, quien consagró su vida al cuidado de Juan y sus dos hermanos.

El respaldo inagotable de su familia fue el motor que impulsó a Juan a buscar, desde muy pequeño y en lo cotidiano, su propia vocación. «Cuando estudiaba en sexto tenía un compañero que tenía un papá (don Wilson) que era mecánico. A mí me llamaba la atención que el señor lo llevaba a él en una DT blanca a la escuela. Toda la vida mis papás me daban era bicicleta, yo en la bicicleta hacía mandados, hacía de todo. Yo pintaba bicicletas con aerosol, era el mecánico de la cuadra de los compañeritos. Entonces una vez me dio por decirle al señor que me diera trabajo, imagínese, yo era un niño, pero él me vio el entusiasmo y las ganas de aprender de la vuelta que de una me dijo: ‘Listo, entonces cuando salga del colegio, coge la bicicleta y se va para el taller’. Eso fue un martes, todavía me acuerdo, yo salí del colegio y me fui para el taller, cuando de una don Wilson me explicó qué era lo que tenía que hacer. Todavía me acuerdo lo que él me dijo: ‘No hay pregunta boba, sino bobo que no pregunta, y si usted quiere aprender, pregúnteme todo de lo que tenga duda’».

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Ese martes, que Juan aún atesora en su memoria, lo llevaría a conocer una de sus grandes pasiones. «Pasó el tiempo y don Wilson tenía unas motos de él en el taller, unas motos muy viejas y yo tenía la bicicleta, entonces yo le dije: ‘Cambiemos la bicicleta a una moto y yo se la pago con trabajo. A mí me pagaban diez mil pesos semanales, y me dijo: Hágale pues’, me la armó, me la prendió y yo era uno de los poquitos niños que iba al colegio en moto, cómo le parece, pues».

Sin embargo, el camino hacia los sueños no siempre es lineal. Al llegar a octavo grado, en una etapa marcada por la búsqueda de nuevas experiencias, Juan Esteban se enfrentó a las adicciones. En un entorno de fiestas y nuevas amistades, se cruzó con decisiones que, por un tiempo, nublaron su horizonte. Aquel entusiasmo inicial por la mecánica y el trabajo comenzó a desvanecerse, atrapado en una ansiedad que lo llevó a descuidar sus responsabilidades y a desprenderse de las posesiones que tanto le habían costado.

Fue un periodo de sombras en el que, ante la imposibilidad de encontrar una salida inmediata en su entorno cercano y tras varios intentos fallidos por recuperar el rumbo, la distancia se convirtió en la última alternativa. Buscando un nuevo comienzo, decidió dejar atrás el ambiente que lo rodeaba y trasladarse a El Carmen de Viboral, donde vivía uno de sus hermanos, iniciando así una etapa de redención y transformación.

«Me vine en el 2016 para el Oriente y llegué a lavar carros y motos. Yo vivía con mi hermano y vivíamos muy bien y como yo no conocía a nadie por acá del mundo de los vicios, entonces estuve sin consumir nada, y mi Dios es muy lindo conmigo, porque mi hermano me presentó a un amigo de él de muchos años atrás. El parcero se llama Didier y él en ese tiempo trabajaba en Ciclo Orbe y me colaboró a entrar a trabajar allá. Trabajar en Ciclo Orbe es lo más lindo que me ha pasado en la vida, conocí personas muy lindas conmigo que me apoyaron. Yo le debo mucho a don Orlando que fue el que me dio esa oportunidad».

Con los ahorros de su nuevo trabajo volvió a adquirir una DT 125 blanca explosión, reactivando así su vínculo con las motos. Luego, conocería a Felipe Ochoa, quien se convertiría en el eslabón más importante de su carrera deportiva: «Yo lo conocí en el estadio, él corría veloarena y motocross y había una carrera en Remedios, Antioquia, y cómo le parece que yo me fui con el hombre, y cuando yo empecé a ver el mundo de las carreras, ahí me endulcé. Usted no se imagina la adrenalina que a mí me dio verlo correr. Él me inspiró a eso. Por él fue que yo entré al mundo de las carreras, porque ese día él me dijo: Si usted va a empezar, hágale que yo lo apoyo».

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El salto al nivel competitivo no fue sencillo. Juan empezó a correr en su moto y pronto entendió la diferencia entre hacer mecánica en un taller y preparar motos de carrera. Fue entonces cuando conoció a Andrés Yamaha, un referente en el departamento, quien se convirtió en su preparador. Bajo su mentoría, Juan empezó a competir en categorías exigentes como 200 Agua-Aire y 250 Expertos.

Durante los últimos cuatro años, Juan ha consolidado una trayectoria que lo ha llevado a ocupar los primeros lugares. Habitar el podio ha sido, sobre todo, un reconocimiento a su disciplina, al respeto por el deporte y a la valentía de no haberse abandonado en los momentos más oscuros.

Hoy, aunque el motocross en el Oriente antioqueño es un deporte muy desafiante por la falta de pistas y los altos costos logísticos para viajar hasta otros municipios y departamentos a entrenar y competir, Juan no se detiene. Cada carrera es una prueba de superación, un testimonio de que, cuando se tiene el apoyo correcto, determinación y gratitud, el destino siempre encuentra la forma de materializar lo que deseamos.  

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