Historia con memoria

hace 1 semana 17

Taza y Texto, Cristian Aristizábal.

Tal vez, si le diéramos más protagonismo a la memoria, las decisiones personales, sociales y políticas serían más acertadas.

Por Cristian Aristizábal.

La ciclicidad es la que abraza nuestra existencia. Eso es lo que se logra inferir a diario con la cantidad de noticias que son merecedoras de primera plana en varios medios. La crueldad, la miseria, el afán de guerra como medida de poder son razones para pensar que «el mito» del eterno retorno no es mito. No ha sido suficiente todo el material histórico que nos han dejado nuestros antepasados para que nuestro presente tome otro rumbo. Y sí, las condiciones socioeconómicas han tenido un gran avance desde una mirada general, pero ¿por qué seguimos repitiendo patrones de guerra? ¿Por qué utilizamos el fanatismo como argumento principal para tomar decisiones que nos comprometen como humanidad?

Parece que la historia es una recopilación de simples datos. Una amalgama de hechos que yacen en los archivos de historia y en el imaginario colectivo que funcionan para recrear los acontecimientos más relevantes a lo largo del tiempo. Sin embargo, el presente nos muestra que esa información, antes de ser un componente relevante para el cambio, es un adorno histórico que no obedece a la memoria y por ende al aprendizaje que de ella se desprende.

La periodista y escritora bielorrusa Svetlana Alexiévch dice que «nuestra memoria no es un instrumento ideal. No solo es aleatoria y caprichosa, sino que además arrastra las ataduras del tiempo». Aun así, ella la resalta como una herramienta a la que se le debería prestar mayor atención porque esta garantiza el registro, no solo de los hechos, sino también de las emociones que permean los eventos históricos que han sido noticia. De ahí que su trabajo como periodista se haya destacado por la búsqueda incesante de testimonios que desde la memoria, recreen los hechos que han sido importantes historiográficamente. 

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Así las cosas, arrojo la siguiente afirmación: la memoria es un elemento imprescindible si queremos abogar por las bondades y virtudes que tiene la especie humana. Termina siendo un concepto que define todo lo que debe estar en la mente del ser humano para plantar una posición sobre lo que hicieron de él en el pasado y lo que este puede proponer desde su presente. Es una herramienta que sirve como hoja de ruta para la navegación de una construcción en pro de los valores y las riquezas de la humanidad. La memoria es la garantía de la no repetición de lo que nos ha perturbado como especie y la esperanza de replicar aquello que merece la pena ser resaltado. Es un elemento de lucha. En un capítulo de Tácticas y estrategias para contar, Franco, Nieto y Rincón dicen que «la memoria es, en sentido profundo, una forma de resistencia a la muerte, a la desaparición de la propia identidad».  Es un concepto que le da vida a la historia y que nos remite al pensamiento reflexivo, detallado y profundo de todo lo que se puede extraer de allí. Y con ello no hago referencia al embellecimiento de las narraciones para suavizar —o esconder con eufemismos— la realidad cruel y sangrienta que hemos vivido como especie, sino que resalto la mirada limpia y pura del ojo sagaz que encuentra en medio del horror las razones suficientes para pintar el porvenir de esperanza y alegría.

Así pues, poniendo como elemento fundamental el pasado y nuestra mirada desde una perspectiva que acoja los distintos puntos de vista desde el presente, es importante reflexionar acerca de lo que los acontecimientos históricos han dejado en nosotros. Por eso, la manera como se conoce y se interactúa con los elementos del pasado debe estar resguardada por una pregunta: ¿para qué sirve la historia? Porque no puede ser mero entretenimiento. No puede estancarse en las revistas de propaganda que simplemente informan un suceso sin cuestionar lo sucedido. No puede ser una mera actividad en donde desempolvar papeles y libros viejos sea un acto mecánico que esté direccionado por el desinterés del contenido que hay en ellos. Tampoco puede recaer en el placer informativo de un documental que tiene importancia mientras dura, pero que al acabar termina siendo objeto de olvido. ¡No puede ser así! La pregunta por la historia debe ser un eje transversal a nuestra actividad humana y debe hablar por sí misma para poder confrontarla, criticarla, estudiarla y aceptarla. Es enfrentándose a ella y entendiendo su importancia para el presente como se debe mirar. Si no es así, las ciencias humanas no tendrían ningún sentido.

Desde este punto de vista la memoria es crucial. Es un elemento que vale la pena rescatar porque merece su lugar en la historia. Ella es la única que permite la reconstrucción que está anidada al no olvido. Es la herramienta que va en contra de la idea facinerosa de querer borrar eso que ya pasó, que ya no está, que se desvanece en el correr del tiempo pero que, por los distintos impactos que ha generado, no debería desaparecer. Y es que la memoria muestra los momentos de quiebre que demarcan un antes y un después en el tiempo. Es la que permite tener presente la línea que separa los acontecimientos que uno a uno forman la historia. Y aunque es cierto que este ejercicio puede resultar doloroso y alarmante, que puede ser una carga que inhibe las reacciones creativas y termine por agobiar, es más importante la capacidad de evolución que resulta de ese lugar que agrupa los recuerdos, que el dolor aturdidor que se mete en nuestro presente queriendo ser los protagonistas.

En suma, debería ser la memoria la rectora de nuestras decisiones, pues gracias a ella hay catarsis, hay reconstrucción y un verdadero progreso. Tal vez, si le diéramos más protagonismo, las decisiones personales, sociales y políticas serían más acertadas.

Referencias

Alexiévch, S. (2015). La guerra no tiene rostro de mujer. Debate.

Franco, N., Nieto, P. y Rincón, O. (2010). Tácticas y estrategias para contar. Centro de Competencia en Comunicación para América Latina.

  • Historia con memoria

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    «Tal vez, si le diéramos más protagonismo a la memoria, las decisiones personales, sociales y políticas serían más acertadas».

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