Hablaban casi a diario sobre sus vidas o sobre la familia en Cuba, donde ambas nacieron. Vanesa Rodríguez Valdés, desde Las Vegas, y su mejor amiga, Liuddibet Calzadilla, desde Barcelona, conversaban de cuánto la primera extrañaba a su hija adolescente o de lo pequeño que era el cuarto con baño y cocina donde ahora vivía en Estados Unidos. El domingo 26 de mayo, Calzadilla le escribió: “Mimi, ¿cómo vas?” Le preguntó, como siempre, si su esposo Roelmer Sánchez Garrido estaba en casa, para poder conversar con soltura. No estaba. Valdés respondió: “Hoy ando descansando. Tuve un día ayer que para qué te cuento”. Hablaron de lo bueno que sería vivir más cerca la una de la otra o del dinero que quería ahorrar para irse. La semana de su muerte, Valdés le comentó a su amiga, como un secreto inconfesable, que quería regresar a Cuba. “¿Por qué no te autodeportas?”, le preguntó Calzadilla. Tenía miedo: tanto a su esposo -hoy acusado de asesinato- como al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, el ICE.
El temor al ICE, mortal para dos migrantes que no se atrevieron a denunciar a sus esposos
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