El éxtasis de don Pérez (parte uno)

hace 2 horas 5

Por Juan Andrés Valencia Arbeláez

Don Pérez no pudo dar la misa hoy. Para algunos, su fiel sacerdote estaba enfermo, para otros había sido nombrado obispo y por consiguiente no podía seguir con sus labores parroquiales, mientras que unos pocos se atrevían a insinuar que fruto de alguna oración había caído en un éxtasis místico que lo llevó al cielo, ya que no era poca su fama de santidad. Solo algo era cierto, aquel cura de poco más de 30 años, que en toda su vida no había dejado de celebrar la eucaristía a las 7:00 a. m., no se hallaba en ningún sitio.

Don Pérez tenía más años de los que aparentaba, ya que su rostro imberbe, su delgadez y su cabello sin blanquear le ayudaban a permanecer en una eterna primavera juvenil, de hecho, si no fuera por su altura, lucía casi igual a cuando ingresó al seminario a los 16 años, movido por un ardiente amor a Dios inculcado desde niño, cuando su madre le enseñaba letanías y jaculatorias que repetía sin saber incluso qué significaban y le hablaba de la vida de los santos, especialmente de santa Rita de Casia, aquella mujer patrona de las causas desesperadas cuyo amor por Dios fue tan grande que llegó a pedirle al Creador que se llevara la vida de sus hijos, y que tiempo después, fruto de esa devoción, llegó a recibir los estigmas.

De su padre sabía apenas que la muerte lo había reclamado cuando él aún no tenía memoria para nombrarlo. Su madre, en cambio, no sobrevivió mucho tiempo después de verlo consagrado a Dios, como si aquel acto hubiese colmado por completo su propósito en la tierra. Y, sin embargo, en el corazón de don Pérez no quedó luto alguno: había en él un amor tan ardiente por lo divino que no parecía haber dejado espacio para amar —ni siquiera para recordar— cosa alguna de este mundo.

Así, despojado sin saberlo de todo afecto terreno, don Pérez llegó a su primera parroquia como quien no arriba a un lugar, sino a un destino. No hubo en él el temblor de los hombres que comienzan, ni la nostalgia de lo que dejan atrás; su vida se acomodó sin resistencia al orden de los días, como si siempre hubiese sido esperado allí.

Desde entonces, cada mañana iniciaba el canto de las aves con la melodía de sus laudes, después cuando las campanas rompían la penumbra, su figura se alzaba ante el altar con una puntualidad que no era disciplina, sino necesidad. Celebraba la eucaristía no como quien repite un acto, sino como quien cumple un designio que le ha sido impuesto desde antes de nacer, allí sus sermones mantenían siempre la belleza del amor no conocido, y las decepciones que llevan los enamoramientos de este mundo. Posteriormente, tan solo alimentado con la comunión se dirigía al confesionario, donde escuchaba casi siempre los mismos pecados cometidos por sus fieles: la vieja Marta que rompió el ayuno o se quedó dormida durante un rosario, el joven Andrés que otra vez volvió a robar del cajero del supermercado donde trabajaba, los hermanos Nicolás y Javier y sus constantes peleas, y el borracho de Joaquín que volvió a engañar a su esposa con la vieja Marta… todos pecados comunes en un pequeño pueblo rural.

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Así se estaba hasta mediodía, momento en que rezaba el ángelus, siempre mirando la imagen de la Virgen de los Dolores, y procedía a almorzar en la casa cural la comida preparada por la hija de Marta, cuyo menú se mantenía inmutable para cada día de la semana. Tomaba una pequeña siesta y a eso de las 3:00 p. m. volvía al templo para rezar el viacrucis con las almas más piadosas, que casi siempre son las más desocupadas, luego tomaba un paseo en el pequeño poblado, entrando a los mismos locales: la legumbrería de Jairo, la carnicería de Gustavo, la floristería de Otilia y la panadería de los Castaño, allí hablaba con todo aquel que hallaba de cualquier cosa, el clima, los nuevos amoríos del pueblo, el nuevo vestido que compró doña Flor… todo menos sobre fe y religión. Muchos decían que aquella alma angelical quería comprender en estas charlas los sentimientos, pensamientos y acciones de simples pecadores.

Pasadas las 7:00 p. m. volvía al templo para rezar el rosario, esta vez mirando la imagen de la Virgen del Carmen, daba una bendición general a quienes se hallaban en el lugar y se iba a su casa donde cenaba ligero, pan y café, y tras hacer el rezo de completas preparaba su sermón para el día siguiente y se iba a dormir, repitiendo esta liturgia convencido de que en aquella perfección no había lugar para el azar, y así podía hallar la salvación.

Y con el paso de los años, los fieles comenzaron a notar que en don Pérez no había fatiga, ni duda, ni variación alguna: su voz no envejecía, su semblante no cambiaba y su fervor no conocía descanso. Era como si el tiempo y la vida, al rozarlo, no encontraran en él nada que pudieran marchitar.

Un día, cuando cumplía con su estadía en el confesionario, vio a un niño jugando con los velones que varias personas habían dejado frente a la imagen de san Antonio, algunos buscando trabajo, otros novios, y otros algo que se les hubiera perdido, aunque no supieran qué. El niño apagaba algunas velas, mientras con la parafina iba dibujando formas incomprensibles en el suelo del templo. Don Pérez salió de inmediato del aquel cajón de madera, más preocupado por la luz apagada de varias peticiones que por la integridad del infante, pero antes de llegar, una joven de, quizás, 16 años, se acercó y jaló al niño de la oreja mientras lo reprendía. Ante esto, el sacerdote no pudo evitar una pequeña risa que llamó la atención de la adolescente, quien alzó la vista mientras el menor se quejaba, y al ver al párroco observándola se le tornaron sus mejillas muy rojas.

—Perdón, padre —dijo con voz como de un gatito oculto tras una cortina—, pero es que mi hermanito nunca me hace caso. Yo le he dicho que…

—¿Que la casa del Señor no es para jugar? —expresó don Pérez con su voz de prédica, más por ayudarle a la joven que trastabillaba con sus palabras que por regañarla.

—Sí, pero no solo por eso —dijo la joven aun abochornada mientras miraba al suelo y apretaba la mano de su hermano fuertemente para que este dejara sus intentos de zafarse para volver a su juego con las velas.

—Ah, ¿no? ¿Entonces por qué? —manifestó el clérigo con voz inquisitorial.

—No quería que se lastimara —expresó esta vez mirando a don Pérez.

Tras un breve silencio, como del rezo de un gloria, don Pérez suspiró y dijo:

—No es ese el mayor mal —respondió—; peor es cuando el corazón se acostumbra a preocuparse primero por los hombres que por Dios, porque entonces ya no ama como debe, aunque crea hacer el bien. No olvide que es más importante desgastarse en el celo por el Señor, no el cuidado de su hermano.

Los ojos verdes de la joven empezaron a lagrimear ante la severidad de don Pérez y como un niño castigado bajó la mirada mientras decía un tenue «sí, padre» y se alejaba del sacerdote con su hermano hacia la salida del templo. Él, por su parte, volvió a encender las velas apagadas y regresó a su confesionario, donde ya lo esperaba la vieja Marta como de costumbre. Tras absolver los mismos pecados de ella, escucho la voz de la joven tras la rejilla.

—Ave María purísima —dijo la adolescente con su voz tímida de antes.

—Sin pecado concebida —respondió don Pérez como repitiendo un monólogo.

—Perdóneme, padre, porque he pecado.

—¿De qué te arrepientes, hija? —volvió a contestar con una voz monótona.

—No me he preocupado lo suficiente por el amor a Dios y el celo de su templo. Resulta que… bueno, usted ya sabe.

Hubo un breve silencio al otro lado de la rejilla, más largo de lo necesario, como si don Pérez hubiese olvidado por un instante la respuesta que tantas veces había repetido.

—El arrepentimiento es buen comienzo —dijo al fin, aunque su voz ya no tenía del todo la firmeza anterior—. Pero no basta con reconocer la falta, hay que ordenar el corazón.

—¿Y cómo se ordena, padre? —preguntó ella en voz baja.

—Amando como se debe —respondió—. Primero a Dios, y en Él, todo lo demás.

—Pero… —titubeó la joven— ¿y si uno no sabe si está amando bien? ¿Si siente algo… y no sabe dónde ponerlo?

Don Pérez guardó silencio. No era una pregunta difícil, y sin embargo, no respondió de inmediato.

—Entonces debe desconfiar de ese sentimiento —dijo finalmente—. Porque lo que viene de Dios no confunde, ni inquieta de ese modo.

—A mí no me inquieta —dijo ella casi en un susurro—. Solo… me hace pensar. Aquella respuesta, tan pequeña, quedó suspendida entre ambos.

—Pensar demasiado en uno mismo tampoco es bueno —repuso él, aunque sin dureza—. El alma no está hecha para mirarse, sino para elevarse.

—¿Y si al elevarse… encuentra a alguien? —preguntó ella, casi arrepintiéndose de haberlo dicho.

Don Pérez no contestó de inmediato. Del otro lado de la rejilla, la penumbra ocultaba su rostro, pero no la pausa.

—Entonces debe recordar —dijo al fin— que todo lo que no conduce a Dios, tarde o temprano, se pierde.

La joven asintió, aunque él no podía verla.

—Sí, padre.

El silencio que siguió fue distinto al anterior: más breve, pero más lleno, como cuando un perfume llena una habitación volviéndola más agradable.

—Por tus pecados —continuó don Pérez, retomando el tono ritual—, reza tres padrenuestros y tres avemarías… y procura guardar el corazón.

—Sí, padre.

Don Pérez alzó la mano para absolverla, pero antes de pronunciar la fórmula, se detuvo un instante.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó.

—María.

—Bien, María, yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Ya don Pérez había cerrado la rejilla que los separaba, cuando volvió a escuchar su voz, con su tono tímido que parecía el ronroneo de un gato:

—Una última cosa, padre —el sacerdote volvió a abrir la rejilla—. A veces, el alma necesita guía para no perderse en lo que siente —dijo María mirándolo con sus ojos verdes.

—Entonces ven cuando lo necesites —dijo don Pérez cerrando otra vez la rejilla.

—Sí, padre.

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Desde aquel día, las visitas de María al confesionario se hicieron más frecuentes. No siempre traía pecados nuevos, ni faltas más graves que las de la vez anterior; a veces, parecía regresar solo para decir lo mismo con otras palabras, como si aún no encontrara la forma exacta de nombrar aquello que la inquietaba.

Don Pérez, por su parte, no alteró en nada el orden de sus días: la misa a las siete, el ángelus al mediodía, el rosario al caer la tarde. Sin embargo, hubo quienes empezaron a notar que, al salir del confesionario, su voz tardaba un poco más en recuperar el tono con el que había entrado, y que, en ocasiones, al mencionar a ciertas penitentes en sus oraciones, hacía una pausa casi imperceptible, como si el nombre requiriera más cuidado del habitual.

María, en cambio, aprendió a llegar siempre a la misma hora, ni muy temprano ni muy tarde, y a arrodillarse en el mismo banco, aun cuando el templo estuviera vacío. A veces no hablaba

de culpas, sino de dudas; y otras, de cosas tan pequeñas que apenas parecían dignas de confesión. Pero siempre se marchaba con la misma expresión: una mezcla de alivio y algo que no terminaba de calmarse.

Y aunque ninguno de los dos habría sabido decir en qué consistía exactamente aquel vínculo, lo cierto es que, sin alterar palabra alguna del rito, ambos comenzaron, sin darse cuenta, a esperar el momento en que este se repetía.

Con el paso de los meses, las confesiones de María comenzaron a cambiar. Ya no hablaba solo de distracciones o descuidos en la oración, sino de inquietudes más difíciles de ordenar, como si algo en su vida hubiese empezado a crecer fuera del lugar que don Pérez le había enseñado a guardar.

Una tarde, después de repetir el ritual acostumbrado, su voz llegó más insegura que de costumbre:

—Perdóneme, padre, porque he pecado.

—¿De qué te arrepientes, hija?

—De… no saber qué hacer con lo que siento. Don Pérez permaneció en silencio, esperando.

—En el pueblo… —continuó ella— hay jóvenes que me buscan. Algunos me hablan después de misa, otros me esperan a la salida… y yo no sé si eso está mal, o si es solo… normal.

La palabra pareció incomodarla.

—¿Y qué sientes cuando están contigo? —preguntó él, con un tono que pretendía ser neutro, pero que no logró serlo del todo.

—Nada malo —respondió ella—. Solo que… no sé cómo reconocer a quién debería entregarle mi corazón. Y temo equivocarme.

La respuesta tardó más de lo habitual.

—El corazón no se entrega —dijo finalmente don Pérez—. Se guarda.

—Pero alguien tendrá que recibirlo algún día —replicó ella, casi en un susurro.

—Solo Dios es digno de recibirlo sin medida —respondió él con firmeza—. Los hombres… los hombres siempre fallan.

Hubo un silencio breve, pero denso.

—¿Y si uno no quiere que fallen? —preguntó María.

Don Pérez no respondió de inmediato. Algo en aquella pregunta —en su sencillez, en su fe ingenua— pareció incomodarlo más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Entonces no debe esperar demasiado de ellos —dijo al fin, retomando una severidad que ahora sonaba más aprendida que natural—. Las personas llaman amor a muchas cosas, pero casi siempre es solo una forma de no sentirse solos, y lo que empieza así, rara vez termina bien, convirtiéndose en una distracción para hallar a Dios y en una fuente de dolor y sufrimiento.

La absolvió poco después, pero esa tarde, al salir del confesionario, no rezó el ángelus ni almorzó o dio su habitual recorrido al pueblo; se encerró en su habitación, donde intentó discernir la razón por la que esta última confesión lo había afectado tanto. Algo que llamó la atención de la hija de Marta, quien para asegurarse de que estuviese bien tocó la puerta de la habitación y preguntó con la misma voz con que llamaba a su hijo para ir a la escuela:

—Padre, ¿se encuentra usted bien?

—Sí, Angélica, solo que no sé qué me está pidiendo Dios.

—¿Usted habla con Dios, padre, como Jesús? —esta vez en su voz había algo de excitación.

Don Pérez no respondió a esto, no tenía ganas de hablar con nadie, mucho menos de dar razones teológicas, pero Angélica tomó el silencio por respuesta afirmativa y le contó a su madre, quien prontamente le contó a Jairo el de la legumbrería, y este a su esposa, quien llevó el chisme a Otilia al comprar unas flores, y así de boca en boca, el pueblo comprendió que tenían un santo.

Continuará…

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