Donald Trump es rapero. Al menos así lo afirmaban en The New Yorker hace 10 años. No suelta rimas, pero cumple con algunos requisitos: el discurso impertinente, el derroche de lujo exhibicionista, la corte de mujeres y la exagerada confianza en sí mismo. Esa fanfarronería en jerga rap se apoda egotrip. Aquel artículo de The New Yorker acertó en mucho, pero erró en algo clave: auguraba que Trump no se sentaría en el Despacho Oval, pues el espíritu de la sociedad estadounidense serviría de muro de contención ante una propuesta tan zafia.

hace 1 mes
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