De la necroeconomía a la bioeconomía

hace 1 mes 29

Hay una puerta de dos metros de alto por uno y medio de ancho. De un lado, oscuridad, piedras centenarias, habitaciones estrechas, paredes húmedas impregnadas de antiguos gemidos sin nombre, de llantos de bebés con apenas dientes que, también considerados mercancía, fueron separados de sus madres para siempre. Del otro lado, la amplitud del Océano Atlántico, un azul infinito, la profundidad del “cementerio más grande del mundo”, en palabras de la vicepresidenta Francia Márquez, donde fueron arrojados más de dos millones de cuerpos sin vida. Estas aguas deberían ser camposanto de la humanidad, un recuerdo de lo que nunca jamás puede volver a pasar: caza de seres humanos, familias destrozadas, espiritualidades rotas, generaciones tras generaciones perseguidas; la huida, el escondite y la resistencia como forma de estar en el mundo. Muchas de estas personas que no conocieron la libertad ni la paz fueron descendientes de dinastías reales, maestros espirituales, sanadoras, parteras, comerciantes, músicos, sabedorxs de imperios ancestrales. A través de esa puerta maldita que separaba el terruño del destierro, tan pequeña y tan insignificante, y a la vez tan inmensa y terrorífica, pasaron durante cuatrocientos años (del siglo XVI al XIX) muchas de las 15 millones de personas que, secuestradas y encadenadas, frente a la mirada impasible de la Iglesia que predicaba el amor al prójimo, fueron llevadas por comerciantes europeos de África hacia América desde distintos puertos negreros. Necroeconomía que todo lo arrasa, infiernos sin nombre.

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