De El Santuario a China: la historia de una paisa que enseña física y matemáticas en el país asiático

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Olga Margarita Giraldo Giraldo nació en El Santuario. Creció en la zona urbana del municipio, aunque sus primeros años los vivió en una vereda. La violencia de finales de los noventa obligó a su familia a desplazarse al pueblo. Allí, entre montañas y recuerdos, empezó a forjar un sueño que nadie imaginaba: vivir en China.

Hoy, Olga es física de la Universidad de Antioquia, tiene una maestría hecha en el país asiático, está casada con un hombre chino, es madre de dos niños pequeños y trabaja como profesora. Su vida es un puente entre dos culturas que, aunque distantes, en ella encontraron un punto de encuentro.

Olga es la menor de ocho hermanos: seis hombres y dos mujeres. En su familia, un hermano mayor fue determinante. Él se fue a Bogotá, montó su empresa y se convirtió en el principal apoyo económico de la joven. Le pagó los pasajes de El Santuario a Medellín durante toda la carrera, la alimentación, los estudios de inglés y todo lo que necesitaba.

«Cuando necesite plata, me pide», le decía. Y Olga no dudó. Aunque al principio no tenía muchas ganas de estudiar, se presentó una vez a la Universidad de Antioquia. Pasó de primera.

Un año antes de graduarse, le dijo a su hermano que quería estudiar inglés. Él la apoyó. Después, cuando ella hablaba de ir a Europa, él le preguntó: «¿Y por qué no China?» Esa pregunta cambió su vida.

Olga llegó a China en marzo, dos meses después de haberse graduado de la universidad. Antes de eso, el único país que había conocido fuera de Colombia era Ecuador, donde vivía otro de sus hermanos.

El choque fue inmediato. El cambio de horario es de 13 horas con Colombia. Llegó cansada, desorientada. Pero algo pasó desde el día uno: el país le encantó. En la ciudad a donde llegó había pocos extranjeros, así que los chinos la miraban como una rareza. Le tomaban fotos. Pero siempre fueron amables, colaboradores.

«Los chinos son muy amables. Desde el día uno la gente fue muy amable conmigo. El país me encantó desde que llegué», recuerda.

Un intercambio que no funcionó, pero un país que sí

Olga había firmado por un año de intercambio cultural. Pero a los seis meses ya no quería seguir. Las cosas no eran como se las habían dicho. Sin embargo, algo estaba claro: no quería irse de China.

Un compatriota colombiano, de unos 17 años, que también estaba en el intercambio, le pasó un contacto. Esa persona la ayudó a aplicar a una universidad. Así logró entrar a hacer una maestría. Todo, cuenta, se hizo por contactos. «En China, si usted está en el país y quiere estudiar, todo es por medio de contactos», explica.

En 2019, Olga conoció a quien hoy es su esposo. Fue en un gimnasio. «Tuvimos muy buena conexión», dice. Desde entonces, casi no se han separado. Se casaron y tienen dos hijos: un niño y una niña. La niña va a la guardería y el niño es cuidado por los abuelos paternos, algo que Olga considera una ayuda enorme.

Culturalmente, ella y su esposo son muy diferentes. Pero comparten valores parecidos, y eso ha sostenido la relación.

Algo curioso que Olga destaca es que, a diferencia de la mayoría de extranjeros que se van de China o se reúnen entre ellos para celebrar el Año Nuevo chino, ella siempre fue invitada por familias chinas. El primer año, una compañera de la universidad la invitó. El segundo, otra amiga. El tercero, ya estaba con la familia de su esposo.

El regreso a Colombia en 2024

En 2024, durante las vacaciones de Año Nuevo chino, Olga viajó a Colombia con su esposo y sus dos hijos pequeños. Estuvieron en Bogotá, donde vive la mayoría de sus hermanos, y luego fueron a El Santuario. Allí bautizaron a los niños en la Iglesia de la Judea.

A su esposo le encantó el pueblo. Le fascinó la comida, especialmente la carne colombiana, y un caldo de gallina criolla. Los niños, felices de conocer a la abuela, a los tíos y a la hermana de Olga. Eso sí, el viaje no fue fácil: el niño estaba recién cumplido un año, no caminaba, y Olga lo cargó todo el tiempo porque solo se dejaba cargar por ella.

Su mamá nunca ha ido a China. Es mayor y el viaje le queda muy lejos. Pero la ven todos los días por videollamada. En cambio, su hermano, el que siempre la apoyó, sí ha ido varias veces: la visitó cuando Olga llevaba un año en China, y recientemente estuvo de nuevo en el país para asistir a la Feria de Cantones y explorar negocios.

Un consejo para quienes sueñan con irse

Olga tiene un mensaje para quienes están pensando en tomar un camino similar: «Que no escuche consejos de nadie. Que siga su corazón, que confíe en Dios y que le haga para adelante sin miedo al éxito. Lo peor que puede pasar es que las cosas no salgan como uno quiere, y al final no es nada. Porque si uno lucha y lo consigue, la satisfacción y la alegría lo valen todo».

Hoy, Olga es profesora. Llegar a ese trabajo no fue fácil. Hubo incertidumbre, directores que le dijeron que sí y luego que no, y momentos de angustia. Pero cuando finalmente la llamaron para decirle que empezaba, fue demasiado feliz.

En el salón de clases, comparte con sus estudiantes algo muy colombiano: dulces. Les ha llevado chocolatinas, bombones y otras golosinas. La mayoría de sus alumnos chinos, que no están acostumbrados al paladar tan dulce, han disfrutado especialmente las Jumbo. Hubo un estudiante al que no le gustó un dulce en particular, pero en general, la aceptación fue total.

Olga Margarita Giraldo Giraldo es una antioqueña que cruzó el mundo, se encontró con una cultura milenaria, formó una familia y construyó una vida. Desde El Santuario hasta China, su historia es un testimonio de que los sueños, por más lejanos que parezcan, sí pueden cumplirse.

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