Cuando los sentimientos están por encima de la vida: el caso Lindsay Clancy

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Millones de personas que seguimos las redes sociales estamos a la expectativa del fallo en el caso de Lindsay Clancy, la mujer acusada de matar a sus tres hijos: Cora, de 5 años; Dawson, de 3; y Callan, de apenas 8 meses.

En realidad, el juicio no pretende establecer quién causó las muertes. La propia Clancy ha reconocido haber matado a sus hijos. Lo que debe determinar el jurado es si, al momento de los hechos, era criminalmente responsable de sus actos. La defensa sostiene que padecía una enfermedad mental grave, particularmente psicosis posparto y trastorno bipolar, que habría afectado su capacidad para comprender la naturaleza y la ilicitud de lo que hacía. La Fiscalía, por el contrario, sostiene que Clancy sufría problemas de salud mental, pero conservaba la capacidad de comprender sus actos y sabía que estaban mal.

Desde esta columna no pretendemos resolver esa discusión. Esa tarea le corresponde a la justicia. Lo que resulta llamativo es otra cosa: la reacción que el caso ha provocado en redes sociales y, particularmente, la aparición de voces que no solamente expresan empatía hacia Clancy, sino que parecen convertir sus enfermedades mentales y su condición de madre en elementos suficientes para relativizar la muerte de sus tres hijos.

Y aquí aparece una pregunta que debería incomodarnos:

¿En qué momento los sentimientos, los deseos y las circunstancias de una madre comienzan a tener más valor que el derecho a vivir de sus propios hijos?

No es una discusión completamente novedosa. De hecho, resulta inevitable relacionarla con uno de los debates éticos más profundos de nuestro tiempo: el aborto.

Durante décadas, la discusión sobre la interrupción del embarazo estuvo concentrada en las circunstancias y los tiempos en los que podía realizarse. Hoy, en buena parte del mundo occidental, el debate ha avanzado hacia una pregunta todavía más compleja: ¿qué importancia tiene la voluntad de la madre frente a la vida que se desarrolla dentro de ella?

Massachusetts acaba de llevar nuevamente esa discusión al centro de la conversación. El pasado 10 de agosto, la gobernadora Maura Healey firmó una ley que amplía la protección y el acceso al aborto después de las 24 semanas, modificando las reglas que anteriormente exigían determinadas circunstancias médicas. La nueva disposición entrará en vigor el 8 de noviembre de 2026 y permitirá que, después de las 24 semanas, el procedimiento pueda realizarse con base en el juicio profesional del médico.

No se trata, por supuesto, de afirmar que un aborto y el asesinato de un niño de ocho meses son jurídicamente equivalentes. No lo son. Pero sí existe una discusión ética que los conecta: el lugar que ocupa la voluntad del adulto frente al derecho a existir de quien depende completamente de él.

Y es justamente allí donde el caso Clancy adquiere una dimensión que supera el expediente judicial.

Las redes sociales se han convertido nuevamente en un campo de batalla ideológico. Mientras unos reclaman una condena ejemplar por la muerte de Cora, Dawson y Callan, otros concentran su discurso en la enfermedad mental de Lindsay Clancy, en las fallas que pudieron existir en su tratamiento y en las circunstancias que rodearon su deterioro psicológico.

Depresión, ansiedad, trastorno bipolar y, especialmente, psicosis posparto, han aparecido durante el juicio como elementos centrales para explicar lo ocurrido. La defensa sostiene que Clancy llegó a experimentar una alteración de la realidad y que una voz masculina le ordenaba matar a sus hijos y después quitarse la vida. Algunos expertos respaldaron esa interpretación. Otros, incluidos peritos presentados por la Fiscalía, rechazaron que hubiera existido una psicosis aguda y consideraron que Clancy comprendía que sus actos eran incorrectos.

Pero mientras los expertos discuten la enfermedad y los jurados deliberan sobre la responsabilidad penal, en las redes sociales ha aparecido algo diferente: una especie de reivindicación de Lindsay Clancy como símbolo del sufrimiento materno.

Una de las voces que más llama la atención es la de Noa Sterling, ginecobstetra y madre de tres hijos, quien se dirigió públicamente a Clancy con palabras que difícilmente pueden pasar inadvertidas cuando se recuerdan las edades de sus víctimas.

Nos has movilizado a las mujeres de una manera muy poderosa”, afirmó Sterling. Y continuó: “Tú fuiste la primera y podemos ser honestas y podemos ser reales como madres”.

Pero quizá la frase más perturbadora, precisamente por el contexto, fue esta:

Gracias, porque te creemos y estamos orgullosas de lo mucho que luchaste y lo mucho que te esforzaste y sabemos que extrañas a esos bebés todos los días”.

Los tres niños no pueden explicar lo que ocurrió. No pueden contar sus últimos momentos. No pueden pedir justicia. No pueden defenderse. Y, sin embargo, parecen ser los grandes ausentes de buena parte de la conversación digital.

En Colombia también han aparecido voces que han llevado el caso a otro terreno. La creadora de contenido Canela Bayona ha interpretado lo ocurrido desde la perspectiva de lo que denomina “misoginia en la medicina”, utilizando como referencia casos de mujeres que, según sus relatos, sufrieron diagnósticos tardíos, falta de tratamiento o dificultades para acceder a medicamentos.

La denuncia sobre negligencia médica merece toda la atención cuando existen pruebas. Un sistema sanitario que falla debe responder por sus errores. Pero hay algo que no deberíamos perder de vista: la negligencia médica no es patrimonio de un género. Hombres, mujeres, niños y ancianos pueden sufrir diagnósticos equivocados, tratamientos deficientes o barreras de acceso a la atención.

Y, sobre todo, una cosa es denunciar las fallas de un sistema de salud y otra muy diferente convertir esas fallas en una explicación automática de un crimen.

La enfermedad mental merece comprensión, tratamiento y protección. Las madres que atraviesan depresión posparto, ansiedad, trastornos graves o psicosis necesitan ayuda urgente y especializada. Precisamente por eso no podemos convertir las enfermedades mentales en una herramienta para banalizar los crímenes cometidos bajo su supuesto amparo.

Y aquí aparece otra contradicción.

Durante años hemos escuchado que las circunstancias sociales, familiares, económicas o psicológicas deben ser consideradas para comprender el comportamiento criminal. Estoy de acuerdo: comprender un delito no significa justificarlo.

Si convertimos toda conducta criminal en el resultado inevitable de una estructura, una enfermedad, una infancia, una circunstancia social o una supuesta condición de víctima, corremos el riesgo de eliminar por completo la responsabilidad individual.

Eso también tiene una consecuencia política.

Resulta paradójico observar cómo algunos sectores que desconfían profundamente de la justicia punitiva y defienden modelos restaurativos, segundas oportunidades y explicaciones sociales del delito, pueden adoptar posiciones mucho más severas cuando el acusado pertenece al grupo ideológico contrario.

La compasión selectiva no es justicia.

Y existe todavía una contradicción mayor cuando algunas de estas mismas corrientes han construido durante años una narrativa alrededor del derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo y sobre su maternidad. El caso Clancy plantea, de manera brutal, el límite de esa idea:

¿hasta dónde llega el derecho de una madre a decidir sobre sí misma cuando existe otra vida que depende completamente de ella?

Porque una cosa es reconocer el sufrimiento de una madre y otra establecer que ese sufrimiento convierte automáticamente en secundario el derecho a vivir de sus hijos.

Lindsay Clancy tendrá su sentencia —o la determinación judicial que corresponda— después de un proceso en el que se han escuchado numerosos testimonios y opiniones de expertos.

Pero Cora, Dawson y Callan ya no tendrán una segunda oportunidad.

Y quizá esa sea la pregunta que las redes sociales deberían hacerse antes de convertir a cualquier victimario en símbolo:

¿Quién está hablando hoy por los tres niños que ya no pueden hacerlo?

Las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de su autor.

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