Aporte voluntario

hace 6 horas 3

Café con ideas, Juan Ramírez.

En el mundo cultural el artista suele hablar de dinero con la voz baja, casi como si pronunciara una palabra incómoda. Un temor extraño que se ha normalizado y ha hecho dudar a los artistas del valor de sus actividades.

Por Juan Ramírez.

¿Por qué nos cuesta tanto pagar por una obra de teatro, pero derrochamos millones en un concierto de Bad Bunny o Karol G? ¿Por qué a tantos artistas y promotores culturales se les vuelve tan difícil cobrar cuando organizan un evento?

A diario recibo invitaciones para encuentros culturales: obras de teatro, clases de baile, ciclos de cine, conversaciones alrededor de la literatura. Pocas veces tienen un valor establecido, y contrario a esto, lo que se pide es un aporte voluntario. Una frase amable que supone que cada quien puede dar lo que quiere y que pretende lograr que más personas asistan al lugar.

De forma rápida podría decirse que esto es una estrategia positiva y que posibilita el acceso a más personas. Sin embargo, en el fondo de esto, lo que se intuye es un efecto provocado por el capitalismo, en el que se ha venido arrinconando a los espacios culturales de carácter más íntimo y se ha ido estableciendo como centro del entretenimiento lugares atiborrados de personas, pero vacíos de contenido.

Me explico. Durante décadas se ha venido imponiendo como medida de valor cultural el tamaño del espectáculo. Estadios llenos, luces gigantes, pantallas colosales, sonidos ensordecedores. Espacios multitudinarios que logran convocar masas con facilidad, pero que solo lo hacen alrededor de experiencias ligeras, inmediatas y diseñadas para consumirse y olvidarse con la misma velocidad. Un ecosistema en el que las prácticas culturales más íntimas —el teatro, la literatura, las conversaciones filosóficas— quedan relegadas a un territorio ambiguo: demasiado pequeñas para el espectáculo, demasiado profundas para el consumo instantáneo. De ahí el temor a cobrar y la inclinación por preferir que cada uno pague lo que quiera.

Leer más: Dar y recibir

No me considero quién para fijar el valor de una actividad de la cual soy ajeno. ¿Cómo calcular el precio de una obra de teatro cuya escenografía ignoro? ¿Cómo estimar el valor de una función cuando desconozco los costos de producción, los ensayos interminables, los meses de montaje y los años de formación de quienes pisan la tarima? En cualquier otro ámbito la situación sería impensable. Nadie entra a una panadería a negociar el precio del pan según su estado de ánimo. Nadie paga un taxi según lo que considere justo. En cambio, en el mundo cultural el artista suele hablar de dinero con la voz baja, casi como si pronunciara una palabra incómoda.

Un temor extraño que se ha normalizado y ha hecho dudar a los artistas del valor de sus actividades. Contrario a esto, lo que sí abundan son los espectadores que esperan —sin decirlo— que el arte llegue acompañado de gratuidad. Una paradoja económica que podría simplificarse en una frase: el entretenimiento ruidoso circula sin resistencia; el alimento del espíritu exige justificación.

Aquello que reúne multitudes adquiere prestigio inmediato. Aquello que exige silencio, atención y tiempo tiene que demostrar por qué es interesante. Como si las expresiones más reflexivas tuviesen que pedir permiso para existir. Una lógica que la industria del entretenimiento refuerza cada vez más y donde la dinámica del capitalismo logra triunfar por la confusión y ambigüedad que genera: explota al artista cuando puede volverlo espectáculo masivo y lo precariza cuando permanece en su intimidad.

¿Quién paga cuando se supone que nadie paga? Lo que se presenta como gratuito esconde una verdad incómoda que preferimos evitar: alguien ya pagó por ello y no necesariamente lo hizo un patrocinador. El artista con su tiempo, el gestor con su trabajo, el espacio con su desgaste. La gratuidad no elimina el precio, simplemente lo desplaza.

¿Por qué entonces algunos artistas temen cobrar por su trabajo? No se trata únicamente de economía. Hay algo más profundo y a la vez invisible: nuestra percepción cultural ha reducido el arte a un lujo prescindible. No nos cuesta gastar cien mil pesos en una pizza para dos personas, pero nos parece costoso pagar esto mismo para tres entradas al teatro. Aun así, lo primero se evapora de manera rápida, lo segundo permanece en nuestro espíritu.

He ahí la paradoja: todos hablan del arte como una experiencia valiosa, pero no necesariamente como una práctica que exige inversión. Al igual que muchos, considero que el arte y la cultura deben ser accesibles para todos los seres humanos. La aspiración es justa, noble y necesaria, lo que no comparto es la forma en que nos hemos habituado a que muchas actividades culturales deban obtenerse gratis o casi gratis, casi hasta el extremo de llevar al artista a creer que cobrar lo justo puede vaciar la sala.

  • Aporte voluntario

    Aporte voluntario

    «En el mundo cultural el artista suele hablar de dinero con la voz baja, casi como si pronunciara una palabra incómoda. Un temor extraño que se ha normalizado y ha hecho dudar a los artistas del valor de sus actividades».

  • Sobre los libros difíciles y el derecho a no entenderlos
  • Reportes

    Reportes

    “La necesidad de registrar todo ha cambiado nuestra manera de entender el mundo. No es el registro en sí lo que está mal (…), sino el modo en que se han convertido en el fin mismo, en una ficción de la acción”.

Leer el artículo completo