A Amparo, la retratista de la Oriental con La Playa, le tocó guardar su caballete

hace 5 horas 3

Para hacer un retrato de Amparo Zapata habría que tomar los más de 300 retratos que ha hecho a lo largo de su vida, rasgarlos todos e intentar formar su imagen a partir de ellos.

Por más de veinte años, fue la retratista del Centro de Medellín. La encontraban en la esquina de la Oriental con La Playa, sentada junto a alguna pared desnuda —la de la Clínica Soma, la de un parqueadero— con su carrito de cigarrillos, tintos y confites, un caballete, una silla de plástico y decenas de retratos colgados a la vista de los transeúntes. Ella, dándole la espalda al atavío de la ciudad, mantenía sus ojos enganchados en la búsqueda de la expresión y el gesto de algún rostro. Sobrevivió bajo el sol del mediodía y los aguaceros de la tarde. Pero desde el año pasado guardó todo en su casa del barrio Robledo y abandonó la esquina que ya la conocía.

Entérese: Imagineros: la sala de Manrique que entrega el 80% de su taquilla a los artistas emergentes

Aunque muchas personas —incluida ella— dudan en llamarla artista y ven el retrato como un arte pasado de moda, anodino en el mundo de las selfies, otras la consideran patrimonio de la ciudad.

El Mundo publicó un primer perfil en 2004, bajo el título “La dibujante de retratos”. El último fue de EL COLOMBIANO, en 2021: “Amparo, autora de un muro de historias en La Playa”. Ese texto ya advertía sobre su difícil situación económica. Hoy el panorama no ha mejorado: ha detenido su trabajo artístico y piensa en volver a la confección para lograr algún sustento.

Su vida ha girado en ese círculo muchas veces. Sale a las calles a ofrecer sus retratos, choca con las dificultades económicas y regresa a algún taller de confecciones, donde se siente frustrada, con ganas de huir de sí misma. Pero el único lugar donde encuentra paz es frente al papel: buscando en los ojos la forma de plasmar la identidad de las personas, trazando y borrando hasta que la imagen aparece.

Ella no aprendió a retratar en ninguna universidad ni curso artístico. Desde niña dibujó por el gusto de hacerlo, en los mismos cuadernos donde repitió primero de primaria una y otra vez hasta que tuvo que desistir de terminar la escuela. Quizás la vida trashumante con su padre, Jordán Zapata, trabajador del Ferrocarril de Antioquia —que se mudaba de pueblo en pueblo cada vez que se aburría de un lugar—, la acostumbró desde temprano a la idea de la huida.

También le puede interesar: Los siete murales gigantes que convirtieron el centro de Medellín en una galería de arte urbano

Ha huido de todo en algún momento: de las tareas escolares, cuando hizo un trato con una compañera para que le copiara las clases a cambio de decorarle el cuaderno con dibujos de flores y animales; de su familia, cuando tenía diecisiete años y la echaron de la casa por perderse varios días con un hombre contrabandista entre Puerto Berrío y Cúcuta, sin saber cuántos días había desaparecido; y de ese mismo hombre y la vida de la calle cuando descubrió que estaba embarazada de su primer hijo y tuvo que volver al hogar familiar, donde hablaba poco con sus hermanos y nada con doña Aura, como llama a su mamá.

Quiso preguntarle a ella por qué no la quería antes de morir, pero prefirió quedarse con su silencio.

Para sostener a su hijo, empezó a trabajar en un taller de confecciones. Fue en ese tiempo cuando conoció la Gnosis, un grupo espiritual enfocado en el autoconocimiento y el ocultismo, y también a Hernán, el hombre que la llevó a los peores infiernos emocionales pero que también le dio dos hijos más y la devolvió a su raíz: el dibujo. Fue una revelación: se dio cuenta de que tenía talento y de que podía vivir de ello.

Desde entonces se instaló en las aceras. En Junín, en la Oriental, en cualquier esquina donde hubiera paso de gente. Aprendió a retratar mirando, midiendo con sus ojos e insistiendo en lograr capturar cada semblante, hasta que los ojos de quienes retrataba atravesaban todo su cuerpo y llegaban a sus manos.

Durante años le dijeron que lo suyo no servía, que el retrato no era arte. Ella lo creyó. Lo sigue creyendo, a ratos. Creyó también que se veía vieja aun siendo joven, y rehuyó de su propio retrato hasta que se vio en el espejo y descubrió que la juventud que había ignorado se había ido. Muchas de estas cosas son las que la han mantenido en un agujero de ansiedades, miedos y tristezas. Pero por algo más allá de ella —que desde su misticismo atribuye a una vida pasada o a una fuerza superior—, sigue dibujando. “Vivo en la gloria de los más bajos del infierno”, dice.

Ha dibujado a decenas de políticos en campaña y les ha entregado sus retratos esperando algún apoyo que nunca llegó. Muchas personas se han detenido detrás de ella, asombradas por su talento. Otras la han contratado para un retrato y la llaman patrimonio cultural. Nada de eso le da de comer. El sueño de que se puede vivir sin plata lo perdió hace mucho.

Hacer un retrato puede tomarle días, incluso semanas, si no logra convencerse de que está bien. Los materiales son costosos: la cartulina y los pasteles son difíciles de conseguir. A veces pasaban dos meses entre un retrato vendido y el siguiente. Ella explica que muchas personas creen que esos retratos valen veinte mil pesos, cuando eso ni siquiera alcanza a cubrir los materiales. Por eso empezó a llevar el carrito de confites, cigarros y tintos: porque aunque disfrutaba sentarse a dibujar, aún tenía que pagar la comida, el transporte, el guardadero del carrito. Y ahora que ni eso le alcanzó, tuvo que irse.

Los caballetes están guardados en su casa, en Blanquizal, parte alta de Robledo, en una casa de madera y teja de zinc con una subida en la que hay que agarrarse de cuerdas para no caer al voladero.

Lea más: El artista Aníbal Vallejo regresa a Medellín con Limbo

Los retratos permanecen apilados en mesas en el patio, resguardándose entre sí del polvo y la humedad. Algunos los conserva como prueba de lo que ha hecho, con historias de quién se los pidió y nunca los reclamó, o que quiso entregar al retratado y no pudo; de otros, de tantas que son, no recuerda en dónde quedaron guardadas.

Mientras las tendencias del arte siguen cambiando, sus retratos permanecen abarrotándose como reliquias que añoran volver a ser exhibidas. Pero Amparo dice que “con eso no se puede vivir”. Casi sin rabia ya, casi con resignación.

Bloque de preguntas y respuestas

Leer el artículo completo