No se trata de huir del ahora, sino de reinterpretarlo a la luz de lo que fuimos. De preguntarnos qué perdimos en el camino y qué vale la pena recuperar. De usar ese recuerdo no como refugio pasivo, sino como brújula.
Por Juan Andrés Valencia Arbeláez.
La gen Z —a la que pertenezco— llama a este 2026 «el nuevo 2016», algo que puede ser interpretado como un nuevo fenómeno de nostalgia reciente por una época que recuerdan como más ligera, previa a la saturación informativa, a la ansiedad constante y a la sensación de crisis permanente. No se idealiza el año en sí, sino el momento vital: eran más jóvenes, el futuro parecía abierto y las malas noticias no marcaban el ritmo diario.
Es, ante todo, un síntoma cultural. Una señal de cómo una generación joven, pero profundamente consciente del peso del mundo, intenta relacionarse con el tiempo, la memoria y la idea de futuro. No estamos hablando de la nostalgia clásica, esa que idealiza décadas que no se vivieron. Aquí no hay reconstrucción ficticia de los años 70 u 80, sino una nostalgia reciente, incómodamente cercana. El 2016 está a solo una década de distancia, pero para muchos se siente como una vida anterior. No porque todo fuera objetivamente mejor, sino porque nosotros éramos distintos.
Ese año se recuerda como un punto de equilibrio: previo a la saturación informativa constante, previo a que la ansiedad se convirtiera en una emoción estructural, previo a que las crisis —económicas, climáticas, políticas, sociales— dejaran de ser excepcionales para volverse permanentes. No se idealiza el calendario, sino el estado emocional colectivo: una sensación de ligereza, de esperanza tácita, de normalidad no amenazada todo el tiempo.
Desde una mirada filosófica, este fenómeno revela algo clave: la generación Z es probablemente la primera que creció con la conciencia permanente de que el mundo está mal. No como intuición vaga, sino como dato cotidiano. Cada día trae una nueva alarma: colapsos, guerras, inflación, catástrofes ambientales, polarización extrema. Vivir así moldea la percepción del tiempo, lo vuelve denso, pesado, urgente.
Leer más: La soledad que no se explica con frases bonitas
Por eso, el «nuevo 2016» no es un intento ingenuo de negar el presente. Es una operación simbólica: mirar hacia atrás para recuperar una sensación que hoy parece escasa: tranquilidad, simplicidad, inocencia, esperanza y alegría. La idea —quizá ilusoria— de que el futuro no estaba completamente cerrado y perdido.
Parte de esa sensación también está anclada a elementos culturales muy concretos. El 2016 fue, para muchos, un gran año musical. Coincidieron artistas consagrados lanzando discos icónicos con la irrupción masiva de nuevas escenas sonoras. La llamada era de SoundCloud llevó al mainstream una música imperfecta, caótica, emocionalmente cruda, pero profundamente viva. No era música pensada para durar décadas: era música para sentir el presente.
Había algo liberador en esa producción constante, en canciones que salían «como dulces», sin la solemnidad estratégica que hoy rodea cada lanzamiento. No todo tenía que ser una obra maestra: bastaba con ser pegajoso, intenso, compartido. La música acompañaba una vida que todavía no se sentía excesivamente vigilada ni medida. Seguramente más de alguno recuerda alguna canción que salió en esa época, si la llega a escuchar —no haré una lista, pero lo invito a realizar el ejercicio de buscar—. Algo que es totalmente diferente a hoy día en que los artistas anuncian una nueva canción con tres años de antelación para el fenómeno del marketing, y esa nueva obra en muchos casos resulta siendo un remix de algún éxito anterior.
Lo mismo ocurrió con los juegos. Pokémon Go no fue solo una aplicación: fue un fenómeno social. Personas saliendo a la calle, caminando juntas, explorando ciudades, hablando con desconocidos. Durante unos meses, el espacio público volvió a ser escenario de juego colectivo. Padres, hijos, amigos, desconocidos: todos compartían una experiencia simple, casi infantil. No importaba ganar, optimizar ni producir contenido. Sí, quizás fue algo consumista, pero acercó no solo a personas, sino a generaciones, como a los milenial con la generación X y Z.
Ese tipo de experiencias hoy parecen difíciles de replicar no por falta de tecnología, sino por exceso de expectativas. Todo debe ser útil, rentable, compartible, medible. En 2016, muchas cosas todavía eran solo diversión. Desde esta perspectiva, llamar a 2026 «el nuevo 2016» es un acto profundamente humano. No es una huida del presente, sino una forma de preguntarnos en qué momento perdimos cierta ligereza.
Pienso que con este fenómeno no queremos volver atrás literalmente, pero tampoco queremos avanzar sin rescatar aquello que nos hacía sentir bien cuando teníamos 15 o 16 años: la esperanza sin cinismo, la alegría sin culpa, el amor sin preguntas, la tranquilidad sin explicación, el futuro sin miedo. Esta tendencia reciente no busca congelar el tiempo, busca reinterpretarlo, tomar lo que fuimos para entender lo que somos y para construir un futuro que intente ser similar y nos haga sentir como en esa época.
¿Una oportunidad de marketing?
La nostalgia siempre ha sido un recurso poderoso en el marketing. Esto no es nuevo, series como Stranger Things —el caso más reciente— demostraron que el pasado puede convertirse en una experiencia cultural rentable cuando se activa desde la emoción correcta. No se trató solo de bicicletas, sintetizadores o referencias visuales: se trató de amistad, aventura, miedo compartido, comunidad, que revivían —guardando proporciones, ya que dudo que alguien haya debido luchar con monstruos— situaciones que personas vivieron, como los primeros romances, las clases eternas, las primeras despedidas, etc.
Ahí está la clave para entender por qué muchas marcas fracasan al intentar capitalizar el «nuevo 2016». Confunden nostalgia con repetición literal. Creen que basta con traer de vuelta objetos, estéticas o referencias directas. Pero la nostalgia no funciona así. No se compra el pasado: se compra lo que el pasado nos hacía sentir.
Un ejemplo claro es el intento reciente de algunos startups por revivir productos icónicos de ese año, como los fidget spinners. El razonamiento parece lógico: si 2016 está de moda, sus objetos también deberían estarlo. Sin embargo, el resultado ha sido decepcionante. ¿Por qué? Porque el objeto estaba desconectado de su contexto emocional. En su momento, el fidget spinner respondía —aunque no lo supiéramos— a una necesidad de comunidad y de diversión sencilla. Este intento de repetir el objeto sin reinterpretar la emoción es como reciclar un símbolo vacío.
Para el marketing, la verdadera oportunidad no está en copiar el 2016, sino en traducir su espíritu al presente. Y ese espíritu no es estético, es emocional: sensación de estabilidad, alegría cotidiana sin justificación, experiencias compartidas sin hiperexposición, menor presión por ser productivos todo el tiempo, amistades y amores sin miedos o dudas, en conclusión, espacios donde la vida no parecía una carrera constante y llena de amenazas.
Leer más: La literatura como sanación
Las marcas que entiendan esto no venderán nostalgia como decoración, sino como experiencia emocional. No dirán «recuerda esto», sino «recuerda cómo se sentía vivir sin tanto peso encima». Esto exige un cambio de enfoque: menos fetichismo del pasado y más comprensión del presente. La gen Z no quiere volver a 2016, quiere sentirse como en 2016 mientras habita 2026. Quiere productos, servicios y relatos que alivien, no que exploten emocionalmente.
También hay una dimensión ética. La nostalgia es poderosa, pero también frágil. Usarla sin sensibilidad puede convertirse en manipulación. Las marcas que logren conectar serán aquellas que entiendan que este fenómeno no es una moda, sino una respuesta al cansancio colectivo de una generación que para este año es de las principales —por no decir la más— productoras y consumidoras del mercado. En ese sentido, el marketing tiene una responsabilidad cultural: no solo vender, sino ayudar a construir imaginarios y espacios más habitables.
***
En conclusión, llamar a 2026 «el nuevo 2016» no es un deseo de retroceso. Es el intento de recuperar la tranquilidad, la inocencia, la esperanza y la alegría de un momento que hoy se percibe lejano, en medio de un presente cargado de malas noticias e incertidumbre constante.
No se trata de huir del ahora, sino de reinterpretarlo a la luz de lo que fuimos. De preguntarnos qué perdimos en el camino y qué vale la pena recuperar. De usar ese recuerdo no como refugio pasivo, sino como brújula. Tal vez idealizamos el 2016, sí. Tal vez la nostalgia filtra lo malo, seguramente. Pero incluso así, ese recuerdo cumple una función: recordarnos que alguna vez la vida se sintió más liviana. Y que, aunque ya no tengamos 16 años, todavía podemos construir un futuro que intente parecerse a esa sensación. No porque el mundo vuelva a ser simple, sino porque nosotros decidamos hacerlo más humano, más hogar.
-
Flores y dólar: la tormenta perfecta
«Lo que sí es cierto es que suba o baje, el dólar beneficia a unos y jode a otros. Los floricultores del Oriente antioqueño están en el lado equivocado de esta ecuación para el año 2026».
-
No más venganza, no más conquista
«Venganza siempre hay, pero ya no más venganza. Un grupo de mujeres, no todas, nos estamos vengando sistemáticamente de los hombres. Partiendo de la idea originaria de que los hombres son malos, “ellos solo quieren eso”, dicen las abuelas refiriéndose al sexo».











English (US) ·
Spanish (CO) ·